Mi travesía en el Maratón de la Ciudad de México, corriendo con diabetes en Mi Sweet Sweet Marathon.



Hace unos años, como parte de una catarsis en mi vida, decidí correr el Maratón de la Ciudad de México. Un maratón son palabras mayores, había corrido varías distancias pero jamás 42.195 Km.


En otro momento les contaré el cómo fue el proceso que estuvo lleno de frustraciones, alegrías, logros que fueron sumando al logro mayor y muchos muchos números, cálculos y ajustes relacionados con la diabetes, pero hoy quiero compartirles una reseña que realice pocos días después de haberlo corrido, es un poco largo pero creo que vale la pena.


El día llego, domingo 31 de agosto a las 5:00am suena el despertador, esta vez sin titubear, glucosa 95mg/dl me tomo un glucerna y comienzo con el ritual: baño rápido medio templado, medio frío, todo el equipo revisado dos veces, por si las dudas, un poco de suero sin azúcar y media pastilla de corpotasil LP como no quiero abusar del gatorade (aunque ya me dijeron que aproximadamente en cada vasito que dan en la carrera son como 7 u 8 g de carbohidratos no quiero arriesgar) y por aquello de los calambres.


Salimos del hotel como a las 6:05am, nosotros estábamos en el penúltimo piso, al subir otros dos corredores con la misma cara de nervio y emoción estaban ahí, el elevador se detenía en cada piso hasta que ya no cupimos más, los corredores de los primeros pisos decidieron bajar por las escaleras mientras bromeábamos en conjunto que les serviría de calentamiento.


Ya en la Alameda era increíble la cantidad de corredores, entre calentando, reuniéndose con sus equipos, dando los últimos consejos y abrazando a sus familias, la energía que fluía era increíble, imposible no sentirla. De repente, ya estaban llamando a los corrales, era tiempo de hacer un calentamiento y ponerse en el lugar de salida, me despido de mi esposo “nos vemos en la meta… y en donde nos encontremos!!” Creo que pocas veces he tenido toda esa combinación de sentimientos como los que tuve ya en el corral: “no se cómo, no se cuanto me voy a tardar, pero lo voy a lograr” fue mi mantra durante la carrera.


El clima estaba increíble, nublado, delicioso, la gente afuera de los corrales traían chamarras y suéteres, yo estaba solamente con shorts y playera sin mangas y absolutamente nada de frío, la adrenalina fluía en mi cuerpo, de repente comenzó a chispear… mmmm nada mal mientras no pase de ahí, comenzó a sentirse más fuerte hasta que ya era imposible taparse porque el agua escurría tal como si estuviéramos bajo una regadera, unos se preocupaban por los celulares, otros por sus reproductores de sonido, mi preocupación iba más allá: ¡¡mis cubitos de azúcar!! Como ahora puse bastantes los tuve que poner en dos partes, unos en la bolsita de atrás de mi short y los otros, la mayoría en una bolsita de hilo atorada en el cinturón donde llevo el glucómetro, las tiras, el lancetero, el teléfono, la microinfusora y el iPod, todo ello expuesto a la lluvia sólo tapado por la playera que me la jalaba para que tapará más. El problema con los cubitos es que vienen envueltos en papel y con el agua me preocupaba que sólo trajera una melcocha escurriendo por mis piernas y no gasolina para mis hipoglucemias, en fin, no había más que hacer, no tenía caso preocuparme porque tampoco sería algo que me iba a detener, afortunadamente no use la playera de algodón que tenía pensada y preferí una de tipo lycra dry fit que evito que sufrieran mucho dañó los dichosos cubitos y me durarán hasta el final del maratón.


De repente se prendio el arco de salida y comenzó la cuenta regresiva con un video de motivación que entre los gritos de entusiasmo y la lluvia se perdía en partes pero el mensaje era claro… “¡No te detengas… las carreras más duras, las más difíciles y extenuantes son las que recuerdas con mayor alegría!”… A CORRER SE HA DICHOOOO!!!


Es difícil no seguir el paso y ponerle un cuenta gotas a la adrenalina cuando comienzas a correr, pero en mi mente me repetía: “tu a tu ritmo y yo al mío, no vengo a ganarle a otro, voy a ganarme a mi, vengo a ganarle a la diabetes”, mientras tanto iba sorteando los charcos, limpiandome la cara hasta que de repente vi que ya había pasado el kilómetro 5, ¡ni los sentí!


Mi ritmo cardíaco iba bien, me velocidad iba dentro del promedio, ¡vamos a checar la glucosa! Me había preparado durante muchos entrenos para checarme la glucosa sin detenerme, podría parecer un malabar pero yo ya lo tenía todo bien controlado, todo excepto la lluvia. Las tiras funcionan por capilaridad así que al abrir el bote en el que están y sacarlas con mi mano empapada hacia que llenara de agua, el glucómetro registrara un error y no me dejara poner la sangre que ya traía en el dedo escurriendo por el agua, así se me fueron 3 tiras y ni como secarme si toda yo era una gota de agua corriendo.


Como no sabía cuanto traía de glucosa aplique el “tanteometro” cosa que no me gusta porque mis cálculos se pierden, así que me comí sólo 3 cubitos de azúcar (22.5g de carbs) asumiendo no tener hipoglucemia (que tampoco la sentía) como en los entrenamientos en los que me comía hasta 6 cubitos de azúcar y más bien estar como por 110mg/dl por el efecto de la adrenalina que ya había experimentado en otras carreras.


Por ese tiempo vi a mis papás por el monumento a Colón, también estaban hechos sopa pero su grito y el saber que estaban ahí me motivo y me recordó que me esperaba su abrazo en la meta.

Poco después de los 10km la lluvia menguó, volví a intentar checarme en el kilómetro 10 pero después de desperdiciar dos tiras desistí, aun pesar de que había puesto tiras de más temía acabarmelas y no tener cuando mas las necesitara, aplique la misma estrategia del kilómetro 5 y me comí 3 cubitos de azúcar.


Aunque a veces era inevitable pisar los charcos la carrera se hizo más agradable, total, un charco más, un charco menos no hacía ya mucha diferencia en mis pies, para ese entonces comencé a disfrutar la ruta porque ya podía ver sin estarme limpiando los ojos o caer en uno de los grandes lagos de la Ciudad de México como les llamaban a los baches, pude disfrutar el museo Soumaya y las tiendas de Mazaryk , estaba feliz, eufórica, me sentía genial, iba en el kilómetro 15 y al fin pude checarme la glucosa, 125mg/dl nada mal, decidí sólo tomarme un vasito de gatorade (8g de carbs) que me supo a gloria. De hidratación iba bien, en cada abasto de agua tomaba un poco, tuviera o no sed pero me preocupaban los calambres por la humedad que vendría después de la lluvia.


Kilómetro 20, estábamos en la zona de Chapultepec cuando escucho mi nombre, eran Carlos y Brenda, dos preciosas personas y que tengo la suerte de que sean mis cuñados, creo que mi felicidad por verlos se descubrió por mi enorme sonrisa, ¡más energía inyectada para continuar! ¡casi vamos a la mitad!


Después de terminar me contaron su travesía para llegar al km 27, encontrarse con mis papás y mi esposo y volverme a regalar más porras y más energía para continuar. Mientras tanto yo corría por el Castillo de Chapultepec en el km 23 casual checandome la glucosa (estaba disfrutando tanto que se me habían pasado los kilómetros), glucosa 104mg/dl, otros 3 cubitos de azúcar (22.5g de carbohidratos) mi diabetes parecía también disfrutar la ruta, ya se veían en el camino corredores acalambrados, otros cojeando, calcetines que alguna vez fueron blancos abandonados, baños con largas filas y de repente un enorme charco que sólo los corredores elite y uno que otro suicida atravesaron, todos los demás temíamos a las ampollas porque aún nos faltaban al menos otras dos horas corriendo así que hicimos nuestra pequeña versión de maratón spartan atravesando lo que en alguna hora de la mañana era pasto y se había convertido en una trampa de lodo chicloso y resbaloso causa de muchos lesionados en el maratón, afortunadamente salí “ilesa” sin embargo mi rodilla comenzaba a hacerse notar, mi problema de la cintilla sutilmente (en ese momento, después lo hizo de manera evidente) quiso participar en el maratón.


Paseo de la Reforma, se notaba que ya no llovía porque las porras comenzaron a salir las calles estaban llenas y las animaciones en ruta del maratón eran más animadas, en el kilómetro 27 me encontré a mi familia, que enorme alegría verlos, mi mamá (no se cómo) se había apropiado de un micrófono de los animadores y de repente tenía una gran porra dándome ánimos.


Mi primera amenaza de calambre se hizo presente, creo que en realidad quería chiqueamiento de mi papá que me ayudo a estirar. Poco antes me había detenido en un puesto de apoyo médico para que me aplicarán un poco de pomada para mi rodilla, pero no había, la enfermera se disculpó diciendo que por las lluvias, los charcos y los resbalones en Chapultepec habían tenido muchos lesionados pero que quizá adelante habría más, “quiza” pensé, “y si no?”, entonces aplique un poco de agua del abasto anterior, absurdo pensarán pues ya había pasado por lluvia y charcos sin embargo ayuda, aunque sea mentalmente.


Después de ese bombazo de energía y a pesar del dolor llegamos al kilómetro 30 cuando encontré un grupo de corredores parados con dos paramédicos ¡tenían pomada…y masaje exprés en la zona de dolor!, valió la pena mi espera de entre 5 o 10 min porque pude correr un poco más, definitivamente ya no estaba disfrutando el maratón pero las porras, los comentarios chuscos en las pancartas, los niños con sus manitas levantadas para darte un animoso “hi five” y diciéndote ¡falta nada! lo hacía más llevadero.

Mi glucosa iba en aumento según lo tenía visualizado: 184mg/dl, hasta ese momento había mantenido la microinfusora apagada e iba corriendo como cualquier mortal pero era tiempo de encenderla y evitar una hiperglucemia.





Durante el recorrido por la Condesa había una cantidad enorme de alimentos, desde barritas de proteína, puestos de dulces, mantecadas y todas esas cosas que uno con diabetes no quiere ni ver y menos cuando el hambre comienza a aparecer después de un poco más de tres horas corriendo, pero mi mayor tortura fue en el kilómetro 32 cuando vi una señora a la mitad de la calle a la que todos los corredores se le acercaban como moscas, la causa: una charola de mitades de sándwiches de nutela tostados. Aún la veo en mis sueños corredores, titubee en detenerme, “mi azúcar esta tirando para arriba, no debo, pero quizá, quizá, un bombazo de insulina, pero nooo, porque luego puede venir una hipoglucemia y ahí si cuál muro del corredor, sería una muralla, pero tengo hambre, estoy cansada, me duele la rodilla, seguro ese pan con nutela me quita mi dolor, además la grasa de la nutela…” Cuando me di cuenta ya la había pasado, casi se me sale una lágrima pero no pensaba regresar ni un paso, ni siquiera por esa delicia.


Kilómetro 35, el dolor de la rodilla que se disparaba hacia arriba era insoportable, cada paso era un suplicio, comencé a odiarme, me gritaba para mis adentros lo loca, inconsciente, absurda que había sido mi idea de correr un maratón pudiendo estar en mi casa, en mi cama, sin dolor de pierna, ya se sentía y pesaba la cuesta, “sólo te quedan 7km” me gritaban, “si claro, como ustedes están ahí con sombrita, secos, sin dolor se les hace fácil” pensaba mientras esbozaba una sonrisa de agradecimiento, en el fondo todas esas porras son increíbles, no dejan que te detengas y te impulsan, pero estaba pasando por el peor muro, el muro mental.


Yo quería llorar, traía nudo en la garganta pero recordé que tenía que checarme la glucosa: 165mg/dl, al menos estaba estable y le había ganado al muro del corredor a causa de la hipoglucemia, ese no me lo encontré porque (tal como lo había platicado con mi entrenador) él tener diabetes tiene una ventaja ante los otros corredores en el maratón: si se ha mantenido los niveles estables durante la carrera tus reservas de glucógeno y la glucosa en sangre te hacen brincarlo.


Estaba ganándole la batalla a la diabetes y mi mente ni me iba a hacer de las suyas, al final yo soy la que le manda que hacer.


Puedo decir que gracias a ese chequeo de glucosa le di vuelta al muro mental y pude sobreponerme, comencé a visualizar el túnel del estadio, la llegada, la meta, ¡lo iba a lograr!


El calor y la humedad eran insoportables, había pasado por todos los estados de ánimo y por todos los climas posibles de la Ciudad de México. Otra parada a pomada y masaje, en realidad tenían razón, son sólo 7km, el equivalente a una vuelta al parque metropolitano en León sólo que de subidita, los dos siguientes kilómetros iba mucho más lento, a ritmo de 9:30 el kilómetro, ya no había nada que me quitara el dolor, ni la pomada, ni hielo, ni agua, de repente hice un estilo de caminata y note que el dolor disminuyo bastante, ya no podía parar, el detenerme me ocasionaba más dolor, y solamente pensaba aguantarlo cuando pasara la línea de meta, comencé a hacer estilo caminata y vi que el tiempo que hacia era sólo 10 segundos más lento que cuando iba trotando con el dolor, así que me aventé los kilómetros faltantes de esta manera.


Volví a levantar la vista, vi a una futura maratonista en su silla de ruedas, si a mi la subida me estaba destrozando no quería saber como estaba ella, con las porras y la energía de los últimos kilómetros le pregunte: ¿te ayudo? Creo que no lo pensé y por un momento me olvide que no podía ni con mi alma, pero afortunadamente otro corredor con un poco más de energía lo noto y me dijo: “ahora me toca a mi”, me parece que sólo la ayude como 5 metros pero ese apoyo de los corredores como el que vino a rescatar mi propio rescate así como la ilusión, esfuerzo y ánimo en los ojos de la chica en silla de ruedas y su gracias son de las cosas que valen la pena y te hacen caer en cuenta de la maravillosa oportunidad y momento de vida que un maratón te comparte.


Kilómetro 40, tiempo de checar nuevamente como iba mi compañera: 159mg/dl….. ¡¡¡¡¡Yeiiiiii!!!


Ya estaba todo hecho, ya estaba ahí, dos kilómetros, diabetes controlada, dolor mmmmm podemos decir que controlado también, la cuesta era más pronunciada y esos dos kilómetros me parecieron como 10, de repente, ahí estaba, el estadio universitario ¡al fin!



No puedo expresar el sentimiento que me provocó, es el sentimiento de haberle ganado una batalla a la diabetes después de casi 20 años de vivir con ella, de tantas cosas negativas que se dicen, haberle ganado la batalla a tantos “no” que llegaron después del diagnóstico, haberme ganado y vencido a mi misma, a mis propios “no puedo”, tener la certeza de poder lograr lo que quiera mientras me esfuerce y me aplique, tener esa sensación de ser invencible y que ahora cualquier dolor cualquier situación ya no se ve ni se siente de la misma manera.

Iba pensando todo eso cuando de repente veo y escucho a mi papá, por quien comencé a correr, quien me levantaba a correr en las madrugadas y me llegó a pagar por kilómetro que corriera (lástima que ya no lo haga jajaja, creo que ya no le sería redituable)


¡Ya llegaste, ya llegaste! aun lo recuerdo decir claramente, ¡anda, corre, ya no es nada!, yo quería decirle que no podía, que me dolía muchísimo, sin embargo comencé a correr, los ojos se me llenaron de lágrimas, creo que hasta el aire me faltó porque ya no podía respirar.


Baje por la rampa, vi a mi papá arriba, feliz, como si fuera él el que estuviera llegando a la meta, entré al túnel, el contraste de luz lo hacía sentir más oscuro, los gritos de la gente, mis gritos, era el momento que había esperado vivir desde hacía un año, de repente aparece la rampa de subida, la luz no deja ver claro por un momento y de repente el pasto verde, la pista suave de tartán, la gente en las tribunas, sabe a gloria, estoy tan cansada, enfocada en la meta, con lágrimas en los ojos, el llanto contenido, el dolor que no logre escuchar los gritos de mi familia, de repente escuche ¡Eugenia! Era mi esposo en su casi último grito desesperado porque yo no volteba. Ahí estaban, después de haber pasado por su propia maratónica travesía para llegar a CU y esperarme, unos metros antes de cruzar la línea de meta lo único que salió de mi boca fue ¡ya llegue!.


Después de todo, después de tanto lo había realizado, como dicen: “si quieres una vida diferente, corre un maratón”.


El camino era largo para llegar por la medalla, yo iba siguiendo a la gente, no sabía donde estaba ni a donde iba sólo caminaba porque no me podía detener, cheque mi glucosa 136mg/dl….¡¡qué más puedo pedir!!


Mi diabetes, si, esa como tantas otras que mata gente, que amputa piernas, que causa diálisis; esa diabetes tan mía que es tan igual a las otras no puso ni un solo pero en todo el trayecto, a pesar de tiras gastadas, cubos de azúcar derretidos por la lluvia, dedos sangrantes, llegamos juntas como lo hemos estado desde mis 16 años.


Salí, las líneas de celulares estaban saturadas sin embargo logre comunicarme con mi hijo que estaba con mi hermano (maratonista como ahora orgullosamente puedo decir que soy yo jojojo), ¡lo hicimos chaparro, lo hicimos!


Mis lágrimas salieron, mi hermano me decía que lo había hecho, que estaba orgulloso de mi, mis sobrinas y cuñada echaban porras en el fondo, agradecí y colgué, quería encontrar a mi esposo, a mis papás, a mis cuñados en fin, a MI gente, teléfonos bloqueados, ni mi esposo, ni mi mamá tenían línea, de repente entro la llamada a mi papá, di con él y sólo pude abrazarlo y llorar: ¡mira lo que me has hecho hacer!


Lo besaba, lo abrazaba, ¡lo hiciste! ¡Y ya no llores porque me vas a hacer llorar! Me decía con voz entrecortada y su nariz roja.


Definitivamente si lo que buscas es un momento de felicidad infinita y de vida necesitas correr un maratón.

Buscamos masaje pero tardaban mucho, me pusieron hielos detenidos con papel auto adherente, me dijeron que iba a sentir como si me quemara… ¡Por favor! ¡Acabo de correr un maratón, no siento nada!


Por fin nos encontraron mi mamá, mi esposo y mis cuñados, otra vez el llanto, aunque un poco más contenido, habíamos logrado todos un maratón juntos, corrimos juntos, los lleve conmigo, pensaba en ellos y por ellos no desistí porque sabía que ellos habían cumplido su parte y yo no podía fallarles a mi promesa de “nos vemos en la meta”.


Ahora se porque me tarde en escribir, el recordarlo hace que mi piel se ponga chinita, se haga un nudo en la garganta y los ojos se llenen de agua… el recordarlo hace que quiera volver a vivirlo, no importa si sufrí, no importa si llore, si he tenido una lesión, si mi uña está por caer, no importa si llegué a pensar en no volver a correr jamás, el próximo año ahí estaré porque ese maratón me debe una y yo le debo más…. yo le debo una nueva vida…



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